En esta esquina me crie. Viví veinte años acá. Jugué tanto en esta calle con mis hermanos y vecinos. Difícil es imaginar que un día fue de tierra, sin cordón, y rara vez pasaban autos. Yo llegué con el cemento, con el asfalto, con la ciudad. El inmenso palo borracho del boulevard lo planté con mi mamá, de una semilla que saqué del algodón. No puedo creer lo alto, grande y fuerte que está. Y también creció el cemento, aún más alto que los eucaliptos que siempre estuvieron enfrente. Esta es mi huella: la llegada del cemento y de una naturaleza que lo sostiene todo. Se eleva con el recuerdo de lo jugado y reído en esta esquina desde hace cuarenta años. Somos naturaleza. La vereda de Juan Díaz de Solís seguirá latiendo con nuevos pasos, juegos y sueños, bajo la mirada de los testigos eucaliptos que nos vieron crecer y verán crecer a muchos otros hijos de este hermoso barrio de Olivos.